La importancia de ampliar el abanico

ISABEL CALDERÓN REYES

El ciclo de charlas, encuentros y conferencias que la Red de Editoriales Independientes Colombianas ha programado para este mes recibe el nombre de Bogotá Bibliodiversa. ¿Qué es la bibliodiversidad? Acá una respuesta que trata de integrar varias perspectivas.

Si se empieza por la ortografía, es fácil percatarse de que el término se parece a la palabra que alude, desde la década de los ochenta, a la variedad de seres vivos que existen en nuestro planeta: “biodiversidad”. Aunque desde principios del siglo XX había biólogos comprometidos con la tarea de documentar la riqueza dentro de los ecosistemas, el término no apareció en su vocabulario sino hasta 1980. Muy pronto, científicos y activistas lograron explicarle a la sociedad que valía la pena proteger la biodiversidad, no solo porque es el principal recurso para la supervivencia de nuestra especie sino también porque es el resultado de cuatro mil millones de años de evolución. ¡Una reliquia!

Algo parecido sucedió varios años después con la diversidad cultural. En el año 2005, quedó claro que había que velar por ella, cuando la UNESCO, en su Convención sobre la protección y promoción de la Diversidad de Expresiones Culturales, proclamó que “la cultura adquiere formas diversas a través del tiempo y el espacio y esta diversidad se manifiesta en la originalidad y la pluralidad de las identidades y en las expresiones culturales de los pueblos y sociedades que forman la humanidad”.

Más allá del tufillo a lo políticamente correcto, en el documento hay ideas interesantes. Por ejemplo, resulta que a los ojos de la UNESCO la diversidad cultural no solo es patrimonio de la humanidad: también es motor del desarrollo sostenible dentro de las pequeñas comunidades y garante de la plena realización de los Derechos Humanos. Tras la convención, se apremió a los estados para que promovieran la diversidad de expresiones culturales en sus respectivos territorios, no solo facilitando la producción y la circulación de contenidos, sino también el acceso a ellos.

¿Suena superfluo, o redundante? Si se tiene en cuenta el monopolio que caracteriza a las industrias culturales en la actualidad, no lo es. A finales de junio la fusión entre los grupos Random House Mondadori y Penguin creó el conglomerado editorial más grande del planeta: Penguin Random House. La compañía es dueña de 250 sellos editoriales y publicará más de quince mil títulos nuevos cada año. En opinión de Federico Ibáñez Soler, autor del documento Bibliodiversidad, publicado por el Centro regional para el fomento del libro en América Latina y el Caribe en el 2008, los costos culturales de la concentración editorial son “la desconsideración de los autores locales, el abandono de áreas del pensamiento y de la ciencia de difusión no masiva, la repetición clónica de productos editoriales y la trivialización de los contenidos como efecto de lo que se ha llamado censura del mercado.”

El logo de la editorial más grande del mundo: Penguin Random House

El logo de la editorial más grande del mundo: Penguin Random House

De ahí que se requiera de un marco de políticas eficaces para que en el ecosistema del libro coexistan todas las especies. Algunas medidas que propone Ibáñez en su documento son: que el Estado no opere como editor sino que haga coediciones, de la mano de las editoriales independientes que se preocupan por la calidad; que se dé prioridad a los libros publicados por independientes en las compras públicas y que se estimule la cooperación entre libreros y editores, ya que “parece condición necesaria para la bibliodiversidad la existencia de una red librera capilar”.

En Colombia, la Feria del Libro de Bogotá es un ejemplo a seguir. Juan David Correa, director cultural de la feria, lo pone en estas palabras: “Creemos con convicción en que no todos los libros son iguales, y que todos (o casi) tienen su lugar. Una feria que no propenda por crear espacios para editores diferentes, desde los grandes conglomerados a los independientes, estará condenada a ser sólo una gran superficie que tarde o temprano se quedará con los mismos visitantes de siempre. En cambio, quienes creemos en un mundo diverso que cada día apueste más por la diferencia recibiremos, precisamente, siempre lectores y visitantes nuevos.”

Antes de trabajar en la Cámara Colombiana del Libro, Correa trabajó en Fudalectura. Cree recordar que en esa época, a comienzos de siglo, oyó el término bibliodiversidad por primera vez. En todo caso, confiesa que no lo usa mucho. Prefiere ponerlo en práctica antes que convertirlo en un discurso: “Creo que la palabra ha sido un poco tomada o secuestrada por cierto estatalismo que, aunque es muy respetuoso con los libros, la ha convertido en una palabra que comparte carpa con pro activo, genera y googlea, entre otros neologismos. Este caso, sin duda, es mas loable.”

¿Pero qué es para él la bibliodiversidad? “La idea de que es posible encontrar en el ancho y largo mundo de los libros especies de muchas clases. Además, apela, según creo, a decir que hay que respetar esas especies que sí bien no son las más extendidas o representativas, valen por su carácter minoritario o esencial.”

Por su parte, Valentín Ortiz, Gerente de Literatura del Instituto Distrital de las Artes (IDARTES), entiende por bibliodiversidad “un sistema de relaciones que desde la producción editorial configuran un panorama cultural complejo, valga la pena decir diverso. Básicamente se podría decir que es una apuesta por generar opciones, por ampliar el abanico y matizar los productos y formas de consumo alrededor de la cultura escrita.” La primera vez que Ortiz oyó hablar del tema fue hace cuatro años, en el marco de un proyecto que buscaba articular la producción de la Red de Editoriales Independientes de Colombia con la Asociación Colombiana de Libreros Independientes,ACLI.

La Gerencia de Literatura ha adelantado acciones como la Beca a Proyectos Editoriales Independientes y Emergentes en Literatura. Ahora se está trabajando en una mesa para revisar este proceso de cara a 2014. Una acción concreta que resultó en el surgimiento de oportunidades muy interesantes para las editoriales independientes fue la decisión de cambiar la política editorial de la Gerencia con respecto a los Premios Ciudad de Bogotá. Antes, el IDARTES publicaba los libros ganadores. Ahora permite que sean editoriales comerciales —independientes o de cadena— las que adelanten el trabajo de edición, distribución y circulación de dichos títulos (justo lo que proponía Federico Ibáñez en el año 2008). Así, editoriales independientes como Rey Naranjo, Taller de Edición Rocca y Sílaba han publicado algunos de los últimos premios y la Gerencia ha realizado una precompra de 300 ejemplares. “Acá es necesario aclarar que si bien se debe definir una política diferencial que permita un equilibrio en la participación de las diferentes editoriales, esto no puede significar que se excluyan a las editoriales grandes”, apunta Ortiz.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s